Leyenda de la Parroquia de Tiraña (Llaviana-Asturies)

 

 

Eladio G. Jove

 

Publicado en: Asturias, de Octavio Bellmunt y Traver y Fermín Canella y Secades.

Tomo II. Laviana, Cap. IV. Ed: Fototipia y Tipografía de O. Bellmunt. Gijón, 1895.

 

 

A medio kilómetro de la iglesia de Tiraña en dirección a Laviana, existía una casa solariega de los Nava o Álvarez de las Asturias, después condes de Nava, cuyo vasto edificio, que terminaba en una capilla consagrada a San Martín, fue destruido por ruinoso en los primeros años de este siglo, así como la capilla algunos años después; hallándose en la actualidad en lugar de él una modesta casa, que aún conserva el nombre de “El Palacio”, y cuyo sitio todavía inspira cierto recelo a los naturales de la comarca. De alguno de los antiguos moradores del destruido palacio, cuenta la tradición, que era conde, señor de horca y cuchillo, y ejercía el tan discutido derecho de pernada, siendo tal su despotismo y crueldad que emparedaba a las jóvenes que se resistían a sus lúbricos instintos; y relata con visos de certidumbre, que un día festivo yendo de caza el Conde, dejó muerto ante el altar por un disparo de un arma, al sacerdote que oficiaba, por el solo motivo de haber dado comienzo a la misa antes de su aparición en el templo.

 

Describe después, cómo habiéndose caído en el pozo “Funeres”, -situado en Peñamayor, próximo a la majada que aún hoy lleva el nombre de “Mayáu del Conde”- una vaca, la más lucida de sus ganados, que llevaba al cuello un collar de plata con cencerro de oro, ordenó el Conde que uno de sus criados bajase al fondo del pozo atado por una cuerda sostenida por otros desde el brocal, para recuperar la joya perdida; pero, cuando tirando de la cuerda, ya se hallaba próximo a la salida el criado con el valioso cencerro, se le oyó gritar con voz desesperada: “Soltadme, porque son tantas las gafuras que me acompañan, que emponzoñaría el mundo”. Y le obedecieron, huyendo espantados de aquel sitio.

 

También dice, que un vecino del pueblo de “Paniceres” pasó a Castilla con el objeto de denunciar al Rey las crueldades del señor de Tiraña y, al ser recibido por aquél, en una de las genuflexiones que hizo, se le cayeron del zurrón que llevaba a su espalda, unos panecillos negros y duros. Al verlos rodar por el suelo, exclamó el monarca:

 

- Muy mal pan tenéis en vuestra tierra.

 

- ¡Este, señor, que nos dejase comer en paz el Conde! –repuso sentenciosamente el labriego.

 

Como consecuencia del cruento sacrilegio, fue condenado el Conde por el Tribunal eclesiástico a reedificar la iglesia, dejando fuera de ella el sitio manchado por la sangre del sacerdote muerto, y a perder el derecho que tenía para el nombramiento de párroco.

 

Poco tiempo después, acosado por crueles remordimientos y lleno de despecho al ver menguados sus derechos, murió el temido Señor del coto de Tiraña, y al ser trasladado su cadáver al panteón, que los de su casa tenían en Oviedo, fue arrebatado por una bandada de cuervos en el lugar denominado desde entonces “Peñacorvera”. Y termina la leyenda asegurando, que al siguiente día de haber desaparecido el cadáver del Conde arrebatado por los cuervos, se vio a su perro de caza favorito, único ser a quien él demostraba simpatía, aullar durante muchas horas alrededor del pozo “Funeres”, arrojándose después en su fondo. Y es muy cierto que aún hoy en día los cuervos anidan en aquel antro.

 
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